miércoles, 19 de febrero de 2014

Crónica desde ese país donde duermen las sombras (Cristina Rausell)

La presentación de “El país donde duermen las sombras”, mi segundo libro de cuentos, tuvo lugar en la Librería Bartleby de Valencia, una librería con encanto, donde Luci Romero y David Brieva nos ofrecen cuidadas ediciones, y siempre puedes encontrar libros sorprendentes para añadir a tu librería.


Empezamos con saludos y abrazos. Fotos a tres. Nuestra pequeña charla sobre mis cuentos, se amenizó con lecturas de fragmentos de cuatro de los cuentos que componen “El país donde duermen las sombras”: “Azul”, “El extraño mundo interior de mi tío Andrés”, “El niño globo” y “Nostos”. Bajo la atenta mirada de Batman, Corto Maltés y otros dibujos de Estebán Hernández en sus paredes, tras el frondoso árbol de Luisa Navarrete, ilustración de “Nostos”, y elegida para la portada del libro, frente a un público concurrido, a la sombra del gran árbol, dio comienzo esta charla tan improvisada como emotiva. 



Javier Vayá destacó mi contribución a la narrativa con una voz propia, un estilo sencillo y elegante, que escapa del artificio, pero que contiene en esa aparente sencillez, unos cuentos poliédricos, que admiten muchas lecturas, mostró su fascinación por mis finales, y la forma con que se cierran, o se abren, según se mire, cada una de las historias que componen el libro.

Santiago González Carriedo hizo las veces de conductor y moderador, con su particular visión de la vida y la literatura, como es él, único y original, destacó la multiplicidad de visiones que recogen mis cuentos, esa necesidad de ver la realidad desde muchas ópticas. 





Tras la lectura de “Azul” se desarrolló una charla emocionante con algunas de las participantes que confesaron haber retornado con este cuento a su infancia, a la relación que una vez establecieron con sus muñecas. Carmen Carriedo comentó como las tapaba, igual que la Niña hace en “Azul”, porque vivía en una zona del Norte y temía, como la Niña, que ellas pasaran frío. Lola Salvador corroboró esa inquietud desde otro lugar frío del interior de Castilla la Mancha, su adorada Cuenca. Pilar Vicent López manifestó la emoción que el cuento le suscitaba, y como nuestras muñecas habitaron expectantes durante muchos años en nuestro cuarto cuando nuestra otra hermana mayor jugaba ya con un bebé real, y de qué manera se había sentido identificada. Esta pequeña charla me permitió constatar que había jugado en el cuento con un elemento a mi favor, la muñeca como juguete de representación, y en qué medida el cuento funcionaba, porque tod@s habíamos jugado alguna vez a hacerlas humanas, justo lo que había pretendido en “Azul”. Pero me agradó también mucho contar con el interés que el cuento había suscitado en Javier Vayá y Santiago González, y en qué medida este cuento que considero feminista, como reivindicación de la libertad de las mujeres a ser como quieran y no construidas, así como un alegato a favor de la diferencia, les había llegado, en lo que Santiago Gonzalez Carriedo calificó como una “joyita literaria”. 

Del mundo “dulce” de las muñecas pasamos a “El extraño mundo interior de mi tío Andrés”, quizá el cuento más intimista, en el que confesé a Javier Vayá que había querido dignificar a las personas que sufren una enfermedad mental, siguiendo alguna de las líneas de mis cuentos anteriores y en la temática constante en mi literatura de “voces silenciadas”, añadir otras narrativas que pudieran romper el cliché con el que los medios de comunicación construyen a estas personas, contar quizá esa otra historia más frecuente, y también más silenciada del tío Andrés. Javier Vayá sugirió el interés de cruzar dos miradas en el cuento: la visión inocente de la niña que cuenta la historia y la visión supuestamente “anormal” del tío Andrés, su descabellada historia de la Tierra Hueca y sus viajes al interior de la Tierra, pues justo de esa intersección surge este cuento. 

Seguimos avanzando en este viaje a la infancia, como diría Gerardo Rodríguez Salas, y volamos hacia un clima más distendido. Las risas surgieron detrás de ese Niño Globo, y el vídeo introductorio con imágenes de las máquinas voladoras de otro “loco”, Leonardo Da Vinci, al ritmo de una vieja polka, para después aterrizar en la lectura de un pequeño fragmento de “El niño globo”. Javier Vayá destacó que este cuento era uno de sus favoritos, que el cuento respondía a una estructura curiosa de chisme, en definitiva de globo, y consideró que con muy pocos elementos, es sin duda, mi cuento más minimalista, había conseguido un resultado original. Las risas se abrieron paso entre los asistentes tanto en la lectura como en la charla posterior. Y cerramos con la lectura de un fragmento del final de “Nostos”, un cuento que Javier Vayá consideró como una crónica de una relación amorosa en sus diferentes etapas, una historia de amor absoluto entre Afrodita y un mortal, que la sumerge en la frustración de vivir una forma de amor eterno pero imperfecto. Flotó en el aire la pregunta de Santiago González sobre si existía el amor eterno, que Encarna López despejó de forma rotunda: “Sí existe, yo lo he vivido durante 64 años, y aún lo sigo queriendo después de muerto”. Una Afrodita octogenaria quiso cerrar nuestras dudas respecto a un cuento que quizá más que una historia sobre un amor eterno, Santiago, sea una reflexión sobre nuestra capacidad eterna de amar. Santiago González destacó la sorpresa que la prosa poética de este cuento le había producido, ¿quizá una evolución hacia mi nuevo libro de cuentos? El tiempo lo dirá. Entre las intervenciones del público en el coloquio final, destacó la participación de Victoria Rasco en cuanto a la dificultad de mantener una actitud aséptica como escritora frente a mis historias, en un mundo dogmático, dividido en buenos y malos, no tomar partido y ofrecer historias que admiten muchas miradas y lecturas, sin prejuicios. Apuntó su percepción de que sí había o podía haber un mensaje que transmitir, lo que nos permitió a Javier Vaya y a mí hacer una reflexión final sobre la importancia que el discurso de la diferencia cobra en mis cuentos, en especial en “Azul”, “El extraño mundo interior de mi tío Andrés” o en “Obreras”. 


Al final, llegaron los abrazos, las fotos de grupo. La despedida. La noche había caído, justo cuando las sombras duermen. Pero una curiosa taberna, como una casa en medio de un bosque imaginario, surgió con sus luces al final del camino. No estaban Plif, ni Pluf, ni siquiera Plof. Era otra casa oculta, esta vez, entre la hojarasca, hecha a troncos y ramas encontradas en el bosque, con sus perfectos leñadores, donde acabó o volvió a empezar de otro modo “El país donde duermen las sombras” de Cristina Rausell.

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