jueves, 8 de mayo de 2014

Presentación Esteban Peicovich por José Elgarresta

Para los que no pudistéis estar en el acto del Zalacaín esta fue la magnífica presentación que José Elgarresta hizo de Peicovich:

" Cuando conocí a Esteban, hace ya bastantes años, no tuve más remedio que percatarme de que era un Merlín, ocupado en la creación, o recreación, continua del mundo. Alguien sentado junto a ti en un callejón, que decía de pronto que un ratón que pasaba por allí ( y en ese momento ya pensabas en la rareza del hecho) era en realidad un brujo perseguido por la policía, por participar en una manifestación (y efectivamente aparecían inopinadamente varios policías; luego te enterabas de que realmente la había habido), lo cual era una prueba de la represión de la libertad, como también ocurría en la edad media en esa ciudad en la que estábamos sentados y en toda Europa; en realidad eso estaba ocurriendo en todo el mundo en todo momento “¿Te das cuenta?”. Entonces, uno de lo que se daba cuenta era de que no estaba seguro de vivir en el mundo que creía ver a su alrededor con sus miopes ojos cotidianos o en el descrito por Esteban. Andando el tiempo, llegué a comprender que ambas cosas eran posibles y que su trato ampliaba mi visión del mundo con algunas otras dimensiones adicionales.

Supe que Esteban había comenzado su andadura profesional pesando reses en un matadero y que, tal vez como lógica reacción, había pasado a reconstruir el mundo en una serie de artículos, que culminaron en un premio al mejor artículo de prensa publicado en Argentina. Todo ello lo convirtió en un prestigioso periodista, que recorría todo el planeta, enviado por los periódicos argentinos más importantes.

Era a la sazón un mozo de 1’99 cms. con soñadores ojos azules y un atractivo devastador sobre las mujeres, que vivió en algunos aspectos una vida más propia de las 1.001 noches que la del común de los mortales.

Esteban, pues, vivió una larga y fructuosa existencia en consonancia con estas características. Para no alargar esta presentación añadiré sólo que yo lo conocí cuando, después de muchos años en España, regresó a Argentina, de donde volvió a nuestro país hace pocos días, encargándome esta presentación, que forzosamente ha de ser sucinta, para no ser infinita.

De acuerdo con lo anteriormente expuesto y ciñéndome a la realidad presente de la obra que aquí nos ocupa, diré que una característica fundamental de la escritura de Esteban es la capacidad de crear una física cuántica de las palabras, las cuales, al atraerse o repelerse, impulsadas por el campo eléctrico que en ellas subyace, dan lugar a un mundo peculiar que es un veraz reflejo del real y al tiempo una destilación del mismo hasta poner de relieve las raíces comunes de personas o hechos aparentemente inconexos, pero que no lo serán después de leídos.

Un anónimo egipcio de circa 1250 a. c. dice: “Mira, no hay profesión sin amo. Pero no para el escriba, porque él es el amo”. A pocas personas le es tan aplicable esta sentencia como a Esteban, capaz de disecar cada momento de la actualidad en una síntesis que abarca no solo la de su país, sino las implicaciones del resto del mundo, puesto que, al fin y al cabo, este está formado por hombres y la magia de las palabras de Esteban consigue desnudarlos, poniendo a los políticos en su lugar, que no es el nuestro, pero la conexión, o colisión, entre ambos resulta esclarecida por sus artículos, cuya lectura es más que conveniente para cualquier argentino, ciertamente, pero también para cualquiera no argentino, pues todos podemos disfrutar con la degustación de este auténtico festín de la palabra.

Esta polifacética disposición de ánimo ha llevado a Esteban, como él mismo confiesa, al cultivo del monólogo poético, el relato, el cuento, la novela y la crónica periodística.
Además de un gran periodista, es un mago y, por consiguiente, duda de que la realidad sea real. Por lo cual, lleva escrito “más de un millón de palabras y quince libros de buceo y balbuceo”. Yo diría que es un testigo de la realidad cotidiana y el creador de su propia realidad, que depura e interpreta aquella, además de enriquecerla. Por ello sus palabras son “botellas arrojadas al mar”, mensajes de otro planeta donde mora, posiblemente en compañía de Saint Exupery y su pequeño príncipe. Un planeta que raramente visita el nuestro, pero cuando lo hace, respondiendo a la invocación de alguien que confiesa que “por encima de las religiones amo a Kafka”, ningún lector debe desperdiciar la ocasión de asistir a esta confluencia de vida y literatura.

La poesía, entonces, se convierte en sus labios en un redescubrimiento del mundo, el cual ahora es como es: banal y poco soportable para la mayoría de sus habitantes; pero un día fue como lo describe Esteban en sus Poemas plagiados. Un día fue bello, como las diez palabras más bellas de la lengua castellana según Borges. Fue la creación de un demiurgo, justamente denominado “el Palabrista”, transmutación de Borges y del propio Esteban en el momento de la escritura, y uno no puede dejar de recordar el instante en que el dedo divino insufla vida en Adán en la Capilla Sixtina, según queda reflejado en la inmortal obra de Miguel Ángel. De esta forma, el libro se convierte en una sucesión de imágenes deslumbrantes, que funcionan en el lector como los ecos de un paraíso perdido, o los flecos de un tapiz en gestación permanente. Un espectáculo imprescindible.

Así las cosas, Esteban nos previene contra el hormiguero en que nuestra vida transcurre; vida ciega, sorda y muda como los corredores en que se mueve, corredores interminables que no conducen a parte alguna y de los que la única evasión es el fulgor de la palabra, único conjuro capaz de despertar al lector del maléfico sueño en que la sociedad lo sume.

Así como para Sartre el infierno son los otros, para Esteban los otros, o algunos de los otros, son asesinos que perpetraron su crimen en la infancia de cada uno de nosotros y por ello hemos de volver a esa infancia y de alguna forma reconstruirla, lo cual es tanto como reconstruir el mundo. La palabra de cada uno es su mundo, el único habitable y por consiguiente el único verdaderamente existente, siendo el otro una mera representación.

Este universo literario hace de Esteban un escritor de escritores, especialmente apto para transmitir la obra de Borges; el cual le confesaba en cierta ocasión que su timidez le obligaba a no comunicarse directamente, sino por medio de símbolos. Es por ello absolutamente recomendable el libro que Peicovich escribe sobre él. Un hacedor de símbolos desentrañado por otro. Una experiencia única. El hermanamiento de dos escritores unidos por la frase de Borges: “Yo busco asombro donde otros encuentran solamente costumbre”.

Bien, creo que esta última frase es un buen resumen de la obra de Esteban y lo que hace inevitable su lectura.  El asombro es la puerta al universo que acecha solo a unas pocas palabras de la rutina cotidiana de cada uno de nosotros. Una distancia que se puede franquear con un tecleo de ordenador. Nada más que escribiendo: “Esteban Peicovich”.

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